Un termostato que aprende tus horarios, una pulsera que mide tu sueño, un tractor que se guía por satélite o un sensor que avisa que un contenedor de alimentos se descongeló. Todos son ejemplos de Internet de las cosas, la red de objetos físicos que recopilan datos y se comunican entre sí y con la nube.
Se refiere a dispositivos con sensores, capacidad de procesamiento y conectividad que intercambian información sin intervención humana directa. Se estima que hay muchos miles de millones de ellos en funcionamiento, y su número crece cada año. Lo que cambia es que los objetos dejan de ser pasivos y se convierten en fuentes de datos.
Un sistema típico tiene cuatro partes. Los sensores y actuadores perciben el entorno y actúan sobre él. Una unidad de procesamiento, normalmente un microcontrolador barato y de bajo consumo, interpreta los datos. Un módulo de comunicación los envía por wifi, bluetooth, redes celulares o tecnologías especiales. Y una plataforma en la nube los almacena y analiza.
Los dispositivos usan protocolos adaptados a sus limitaciones. MQTT, por ejemplo, es un protocolo ligero de publicación y suscripción muy popular. Para largas distancias y bajo consumo existen redes de área amplia y baja potencia, que permiten que un sensor funcione años con una pequeña batería.
La domótica incluye iluminación inteligente, cerraduras electrónicas, cámaras, enchufes programables y electrodomésticos conectados. Ofrece comodidad y ahorro de energía, aunque también implica que cada dispositivo es una puerta de entrada potencial a tu red doméstica.
En las fábricas, los sensores permiten el mantenimiento predictivo: detectar una vibración anómala en un motor antes de que falle. En la agricultura, miden la humedad del suelo para regar solo cuando hace falta. En las ciudades, gestionan el alumbrado, el tráfico, la recolección de residuos y la calidad del aire.
Muchos dispositivos se fabrican con contraseñas por defecto, sin actualizaciones y con poca seguridad. Se han formado enormes redes de dispositivos infectados usadas para lanzar ataques masivos. Un dispositivo comprometido puede además espiar o servir de puente hacia otros equipos.
Cambia las contraseñas predeterminadas, mantén actualizado el firmware, separa los dispositivos inteligentes en una red distinta de la que usas para tus equipos principales, desactiva funciones que no necesites y compra productos de fabricantes que ofrezcan soporte y actualizaciones de seguridad a largo plazo.
Los dispositivos recopilan información muy íntima, como horarios, hábitos y ubicación. Conviene revisar qué datos se recogen, dónde se almacenan y con quién se comparten, y preferir soluciones que procesen la información localmente cuando sea posible.
Una aplicación avanzada son los gemelos digitales: réplicas virtuales de objetos o sistemas físicos que se actualizan con datos de sensores en tiempo real. Una turbina, un edificio o una ciudad pueden tener un gemelo con el que se simulan escenarios, se anticipan fallos y se prueban mejoras sin riesgos. Combinados con inteligencia artificial, permiten optimizar el consumo de energía y programar el mantenimiento. Dependen de la calidad y seguridad de los datos que recogen los dispositivos conectados.
El Internet de las cosas ofrece beneficios reales en eficiencia y comodidad. Pero exige diseñar y usar los dispositivos con seguridad y privacidad desde el principio.