Si hubiera que elegir un solo concepto para resumir la mecánica cuántica, sería la función de onda. Es el objeto matemático que describe el estado de un sistema y del que se obtienen todas las predicciones experimentales. Aunque se usa con enorme éxito desde hace casi un siglo, qué representa exactamente sigue siendo objeto de debate.
La función de onda, representada con la letra griega psi, asigna a cada posible configuración de un sistema un número complejo llamado amplitud. Para una partícula que se mueve en el espacio, es una función que depende de la posición y del tiempo. No se mide directamente: lo que observamos son los resultados de las mediciones, cuyas probabilidades se deducen de ella.
En 1926, Max Born propuso que el cuadrado del valor absoluto de la función de onda en un punto da la densidad de probabilidad de encontrar la partícula allí. Esta regla conecta el formalismo con los experimentos: donde la función es grande, es más probable detectar la partícula, y donde se anula, nunca aparecerá. Es uno de los postulados fundamentales de la teoría.
La evolución en el tiempo de la función de onda está gobernada por la ecuación de Schrödinger, que es determinista y lineal. Dada la función de onda inicial y las fuerzas que actúan, se puede calcular con precisión cómo será en cualquier momento posterior. La aleatoriedad aparece solo cuando se realiza una medición, un aspecto que genera las discusiones de interpretación.
Como las amplitudes son números complejos, pueden sumarse o cancelarse entre sí, generando interferencia. Este comportamiento es lo que distingue una superposición cuántica de una simple mezcla de probabilidades, y explica fenómenos como el patrón de la doble rendija y los niveles de energía de los átomos.
Los orbitales que se dibujan en los libros de química son representaciones de la función de onda de un electrón alrededor del núcleo. Las formas esféricas, de lóbulos y de anillos muestran dónde es más probable encontrarlo. Gracias a ellos podemos explicar la tabla periódica y la formación de los enlaces químicos.
Algunos físicos consideran que es solo una herramienta para calcular probabilidades, mientras que otros sostienen que describe una realidad física objetiva. Las interpretaciones de Copenhague, de muchos mundos, de ondas piloto y otras responden de forma diferente. Hasta ahora, los experimentos no permiten distinguirlas, aunque se siguen buscando pruebas que puedan hacerlo.
Sin el cálculo de funciones de onda no existirían los transistores, los láseres ni la resonancia magnética. La química computacional las utiliza para predecir propiedades de moléculas y materiales nuevos, y los futuros ordenadores cuánticos manipularán funciones de onda de muchos qubits de manera directa.
Matemáticamente, los estados cuánticos son vectores en un espacio llamado de Hilbert, y las magnitudes medibles se representan con operadores. Esta estructura explica por qué ciertas propiedades no pueden conocerse a la vez y por qué los resultados de las mediciones son valores discretos en muchos casos, como los niveles de energía de un átomo.
Para varias partículas, la función de onda depende de las posiciones de todas ellas a la vez, lo que causa el entrelazamiento y hace que los cálculos crezcan de forma exponencial. Esa dificultad es precisamente la razón por la que simular sistemas cuánticos con ordenadores clásicos es tan costoso y por la que interesan los ordenadores cuánticos.
La función de onda es una de las ideas más fructíferas de la ciencia. Aunque su significado profundo siga abierto, su utilidad práctica es indiscutible y continúa guiando la investigación en física, química y tecnología.