Hace sesenta y seis millones de años, un asteroide de unos diez kilómetros de diámetro chocó con la Tierra y contribuyó a la extinción de los dinosaurios. Aunque esos impactos gigantes son extremadamente raros, la posibilidad de un choque con un objeto más pequeño es real, y por eso existen programas dedicados a vigilar el cielo.
Entre las órbitas de Marte y Júpiter se encuentra una región con millones de cuerpos rocosos y metálicos, restos de la formación del Sistema Solar que no llegaron a unirse en un planeta, en parte por la influencia gravitatoria de Júpiter. Su masa total es menor que la de la Luna, y están muy separados entre sí: no es el campo de rocas apretadas que muestran algunas películas.
Algunos asteroides y cometas tienen órbitas que se acercan a la de nuestro planeta. Se han catalogado decenas de miles de ellos. Los más preocupantes son los potencialmente peligrosos, aquellos de más de unos cien metros de tamaño que pasan a menos de unos ocho millones de kilómetros de la Tierra.
Telescopios dedicados barren el cielo todas las noches y comparan imágenes para encontrar puntos que se mueven. Con unas pocas observaciones se calcula la órbita y se predice dónde estará en el futuro, a veces durante cien años. La mayoría de los asteroides grandes, de más de un kilómetro, ya están identificados y ninguno amenaza a la Tierra en un futuro cercano.
El mayor desafío son los asteroides de decenas a cientos de metros, aún no todos descubiertos. Un impacto de uno de cien metros podría devastar una región. Un caso real fue el meteoro de Cheliábinsk en 2013, un objeto de unos veinte metros que explotó en la atmósfera sobre Rusia, rompió vidrios y dejó más de mil heridos.
La escala de Torino clasifica los objetos del cero al diez según la probabilidad y la energía del posible impacto. Casi todos los casos que han recibido atención pública se han descartado al afinar las observaciones. Las agencias espaciales mantienen listas públicas de riesgos.
En septiembre de 2022, la sonda DART de la NASA se estrelló deliberadamente contra Dimorphos, una pequeña luna de un asteroide, a unos once millones de kilómetros de la Tierra. El impacto acortó su órbita en unos treinta y dos minutos, mucho más de lo esperado, demostrando que un impacto cinético puede desviar un asteroide. Ninguno de los dos cuerpos representaba un peligro para nuestro planeta.
Se estudian alternativas, como un tractor gravitatorio, una nave que se coloca cerca del asteroide y lo desvía lentamente con su gravedad, o, en último caso, el uso de explosiones nucleares. La clave es detectar los objetos con muchos años de antelación, porque cuanto antes se actúe, menor empuje se necesita.
Las agencias de varios países comparten datos y coordinan alertas. Misiones como Hera, de la Agencia Espacial Europea, estudiarán en detalle el resultado del impacto de DART.
Los asteroides son también cápsulas del tiempo: conservan material casi inalterado desde la formación del Sistema Solar. Misiones como Hayabusa2 y OSIRIS-REx trajeron muestras de asteroides carbonáceos, con compuestos orgánicos y minerales hidratados, útiles para entender el origen del agua y de los ingredientes de la vida en la Tierra. Algunos proyectos proponen incluso aprovechar sus recursos metálicos y su agua para futuras misiones espaciales.
Los asteroides son restos primitivos de nuestro sistema planetario y también un riesgo manejable. Por primera vez, la humanidad tiene la capacidad de protegerse de una amenaza cósmica.