Mirar lejos en el espacio es, al mismo tiempo, mirar al pasado. La luz de una galaxia distante tarda miles de millones de años en llegar hasta nosotros, de modo que al observarla vemos cómo era entonces. El telescopio espacial James Webb fue diseñado para ver más lejos en el tiempo que cualquier instrumento anterior.
El corazón del telescopio es un espejo primario de unos seis metros y medio de diámetro, formado por dieciocho segmentos hexagonales recubiertos de una capa muy fina de oro, un metal que refleja de forma excelente la luz infrarroja. Era demasiado grande para caber en un cohete, así que se lanzó plegado y se desplegó en el espacio, en una secuencia de maniobras que exigió que cientos de elementos funcionaran sin falla.
El universo se expande, y la luz de objetos muy lejanos se estira en su viaje, desplazándose hacia longitudes de onda más largas, un fenómeno llamado corrimiento al rojo. La luz visible de las primeras galaxias llega como luz infrarroja. Además, el infrarrojo atraviesa mejor las nubes de polvo que ocultan regiones de formación estelar y los discos donde nacen los planetas.
Para detectar señales infrarrojas tenues, el telescopio debe estar extremadamente frío, de lo contrario su propio calor lo cegaría. Por eso cuenta con un parasol de cinco capas, del tamaño aproximado de una cancha de tenis, que bloquea la luz y el calor del Sol, la Tierra y la Luna. Se ubica en un punto de equilibrio gravitacional a un millón y medio de kilómetros de la Tierra, donde puede mantener una posición estable.
Webb ha encontrado galaxias muy brillantes y bien estructuradas que existían cientos de millones de años después del Big Bang, antes de lo que muchos modelos anticipaban. Esto no invalida la cosmología actual, pero obliga a revisar cómo se formaron las primeras estrellas y galaxias y qué tan rápido crecieron los agujeros negros supermasivos.
Al analizar la luz estelar filtrada por la atmósfera de un planeta, el telescopio ha detectado vapor de agua, dióxido de carbono y otras moléculas en mundos lejanos. Es una de las herramientas más prometedoras para estudiar la composición de atmósferas, incluyendo las de planetas rocosos más pequeños.
Sus imágenes de nebulosas muestran con un detalle inédito cúmulos de estrellas jóvenes y chorros de gas que emergen de protoestrellas. También ha observado discos de polvo y gas alrededor de estrellas jóvenes, donde se forman los planetas, así como los anillos de Júpiter, Saturno y Neptuno con gran nitidez.
El telescopio fue resultado de la colaboración de las agencias espaciales de Estados Unidos, Europa y Canadá, y de miles de ingenieros y científicos durante más de veinte años. Su desarrollo enfrentó retrasos y sobrecostos, pero el lanzamiento y el despliegue exitoso demostraron la solidez de su diseño. Hoy cualquier astrónomo del mundo puede proponer observaciones y competir por tiempo de telescopio.
El telescopio no ve colores como nuestros ojos. Sus cámaras registran luz infrarroja invisible, y los científicos asignan colores visibles a distintas longitudes de onda para producir las imágenes que conocemos. Esos colores no son falsos en un sentido engañoso: representan información real, trasladada a un rango que podemos percibir y que ayuda a distinguir estructuras y temperaturas.
El telescopio James Webb no reemplaza a Hubble, que observa sobre todo luz visible y ultravioleta, sino que lo complementa. Juntos ofrecen una visión más completa del cosmos y recuerdan que cada respuesta científica abre nuevas preguntas.