Pocas explosiones en la naturaleza son tan violentas y fructíferas como una supernova. En cuestión de segundos libera tanta energía como el Sol durante toda su vida, y durante semanas puede brillar más que miles de millones de estrellas juntas. Además, es la responsable de producir y dispersar muchos de los elementos que forman nuestro mundo.
Los astrónomos distinguen principalmente dos mecanismos. El primero es el colapso gravitatorio del núcleo de una estrella muy masiva. El segundo es la explosión termonuclear de una enana blanca. Aunque el resultado visual puede parecer similar, el origen físico es completamente distinto.
Una estrella con más de ocho veces la masa del Sol fusiona elementos cada vez más pesados en su interior, formando capas como una cebolla. Cuando el núcleo se llena de hierro, que no puede liberar energía por fusión, pierde su soporte y colapsa en menos de un segundo. Los protones y electrones se combinan formando neutrones y una oleada de neutrinos. La materia que cae rebota contra el núcleo ultradenso y la onda de choque, ayudada por los neutrinos, arroja las capas exteriores al espacio.
En un sistema binario, una enana blanca puede robar materia de su compañera. Al acercarse a un límite de masa de aproximadamente una vez y media la del Sol, la presión y la temperatura en su interior disparan una reacción de fusión descontrolada que la destruye por completo. Como estas explosiones tienen una luminosidad intrínseca muy similar, sirven como candelas estándar para medir distancias cósmicas.
Las estrellas fabrican elementos hasta el hierro durante su vida. Los más pesados se producen en eventos violentos como las supernovas y la fusión de estrellas de neutrones. Estos procesos esparcen carbono, oxígeno, silicio, calcio y hierro por el medio interestelar, que luego se incorpora a nuevas estrellas, planetas y, eventualmente, a los seres vivos.
Tras una supernova de colapso queda una estrella de neutrones, un objeto del tamaño de una ciudad con la masa de más de una estrella, o un agujero negro si la masa es suficiente. De la explosión quedan los remanentes, nubes de gas en expansión que brillan durante miles de años, como la famosa nebulosa del Cangrejo, resultado de una supernova observada en el año mil cincuenta y cuatro.
Las observaciones de supernovas de tipo Ia lejanas, a finales de los años noventa, mostraron que estaban más débiles de lo esperado, lo que indicó que la expansión del universo se está acelerando. Ese descubrimiento condujo al concepto de energía oscura y otorgó un premio Nobel a sus autores.
Una supernova cercana podría ser peligrosa, pero no hay estrellas candidatas lo bastante cerca como para representar una amenaza. Betelgeuse, que explotará algún día, está a unos seiscientos años luz, una distancia segura.
Las supernovas son eventos relativamente raros en una galaxia: ocurren unas pocas por siglo. Por eso los astrónomos vigilan automáticamente miles de galaxias con telescopios que comparan imágenes de noches consecutivas y detectan nuevas fuentes de luz. Cuando aparece una, se activan alertas para que otros observatorios la estudien en distintas longitudes de onda mientras brilla.
Registros chinos, árabes y europeos describen estrellas nuevas visibles a simple vista. Tycho Brahe y Johannes Kepler observaron dos supernovas en la Vía Láctea a finales del siglo dieciséis y principios del diecisiete. Desde entonces no ha habido otra visible sin telescopio en nuestra galaxia, aunque la de 1987 en la Nube Grande de Magallanes fue muy estudiada.
Las supernovas son al mismo tiempo destrucción y creación. Gracias a ellas existen los elementos que forman nuestro planeta y a nosotros mismos.