En una noche muy oscura y lejos de las luces de la ciudad, es posible ver una franja difusa que cruza el cielo. Es la Vía Láctea, la galaxia en la que vivimos. Lo que vemos es la luz combinada de miles de millones de estrellas, vistas desde dentro del disco galáctico.
Nuestra galaxia es una espiral barrada con un diámetro de unos cien mil años luz. Tiene un disco delgado donde se concentran las estrellas, el gas y el polvo, un abultamiento central con forma de barra y un halo esférico tenue que la rodea. Se estima que contiene entre cien mil y cuatrocientos mil millones de estrellas.
Desde el centro parten varios brazos con regiones de formación estelar, donde abundan estrellas jóvenes y brillantes. Los brazos no son estructuras fijas de materia, sino ondas de densidad que se desplazan por el disco, algo parecido a un atasco de tráfico en una autopista: los coches entran y salen, pero el atasco permanece. El Sol se encuentra en un brazo menor, llamado de Orión, a unos veintiséis mil años luz del centro.
En el corazón de la galaxia se encuentra Sagitario A asterisco, un agujero negro supermasivo de unos cuatro millones de veces la masa del Sol. Se descubrió siguiendo durante décadas las órbitas de estrellas que giran a su alrededor a velocidades de miles de kilómetros por segundo. En 2022 se publicó la primera imagen de su sombra, tomada con una red de radiotelescopios.
Las estrellas más viejas, de más de diez mil millones de años, habitan el halo y el abultamiento central. Las más jóvenes se concentran en el disco, sobre todo en los brazos. Esto permite reconstruir la historia de formación de la galaxia, que creció en parte absorbiendo galaxias enanas más pequeñas, cuyos restos se detectan como corrientes de estrellas en el halo.
La velocidad de rotación de la galaxia revela que contiene mucha más masa de la que vemos. Un enorme halo de materia oscura la envuelve y extiende mucho más allá del disco visible, y probablemente representa la mayor parte de su masa total.
El Sol orbita el centro galáctico a unos doscientos veinte kilómetros por segundo y tarda aproximadamente doscientos veinticinco millones de años en dar una vuelta completa. Desde su formación, ha completado unas veinte órbitas.
La galaxia de Andrómeda, nuestra vecina más grande, se acerca a la Vía Láctea. Las mediciones indican que ambas se fusionarán dentro de unos cuatro mil millones de años, formando una galaxia elíptica gigante. Dada la enorme distancia entre estrellas, es muy improbable que choquen entre sí.
Mapear la galaxia siendo parte de ella es como dibujar un bosque estando dentro. Misiones como Gaia han medido posiciones y movimientos de casi dos mil millones de estrellas con precisión extraordinaria, permitiendo construir mapas tridimensionales y reconstruir la historia de fusiones que formaron la Vía Láctea.
El disco contiene nubes de gas y polvo que ocultan regiones de la galaxia a la luz visible, por eso se estudian con infrarrojo y radio. Allí nacen nuevas estrellas a un ritmo de unas pocas por año, lo que mantiene a la galaxia activa mientras se agotan gradualmente sus reservas de gas.
Conocer nuestra galaxia es conocer nuestra dirección cósmica. Cada estrella que vemos es una vecina de un vecindario inmenso, y cada descubrimiento sobre ella cambia nuestra manera de entender de dónde venimos.