Más allá del cinturón de asteroides, el Sistema Solar cambia de carácter. Dejan de dominar los pequeños mundos rocosos y aparecen planetas enormes, formados sobre todo por hidrógeno y helio. Júpiter y Saturno, los dos mayores, son los gigantes gaseosos más estudiados.
Júpiter tiene una masa más de dos veces y media mayor que la de todos los demás planetas juntos y un diámetro unas once veces el de la Tierra. Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio, igual que el Sol, y no tiene una superficie sólida: la atmósfera se hace cada vez más densa hasta convertirse en un fluido a presiones inmensas.
Su atmósfera se organiza en bandas de nubes claras y oscuras, que son corrientes de viento en direcciones opuestas. La Gran Mancha Roja es una tormenta anticiclónica más grande que la Tierra, observada desde hace al menos siglos, aunque ha ido encogiendo. Los vientos en su borde superan los cuatrocientos kilómetros por hora.
El campo magnético de Júpiter es el más intenso entre los planetas, generado por hidrógeno metálico líquido en su interior. Atrapa partículas cargadas formando cinturones de radiación peligrosos para las naves, y produce auroras impresionantes en sus polos.
Júpiter tiene casi un centenar de satélites conocidos, entre ellos las cuatro lunas descubiertas por Galileo en 1610. Ío es el cuerpo con mayor actividad volcánica del Sistema Solar. Europa oculta un océano bajo su hielo. Ganímedes es la luna más grande, mayor que Mercurio, y la única con campo magnético propio. Calisto está cubierta de cráteres antiguos.
Saturno es el segundo planeta más grande y el menos denso: flotaría en agua, si hubiera un océano lo bastante grande. Su rasgo más famoso son los anillos, formados por miles de millones de partículas de hielo de agua, desde granos de polvo hasta bloques del tamaño de una casa. Son extraordinariamente anchos, pero muy delgados, con un grosor de decenas de metros en muchas zonas.
No se sabe con certeza si los anillos son antiguos o relativamente jóvenes. Podrían ser restos de una luna destrozada por la gravedad del planeta o de un cometa capturado. Las mediciones de la misión Cassini sugieren que podrían tener cientos de millones de años y no miles de millones, y que se están perdiendo lentamente hacia el planeta.
Titán, la mayor luna de Saturno, tiene una densa atmósfera de nitrógeno con lagos de metano y etano líquidos en su superficie, lo que la convierte en un laboratorio natural de química orgánica. Encélado lanza géiseres de agua desde un océano subterráneo.
Las sondas Pioneer, Voyager, Galileo, Cassini y Juno han revelado detalles asombrosos: tormentas polares en Júpiter, hexágonos en el polo norte de Saturno y estructuras internas más complejas de lo esperado. Cada misión replantea ideas sobre cómo se forman estos gigantes.
La enorme gravedad de Júpiter influyó en la historia del Sistema Solar. Probablemente impidió que se formara un planeta en el cinturón de asteroides y desvió o capturó cometas. También se ha propuesto que migró hacia el interior y luego se alejó en las primeras etapas, afectando la formación de los planetas rocosos. Por eso estudiar a los gigantes es clave para entender cómo se formó la Tierra y qué tan comunes son sistemas planetarios como el nuestro.
Júpiter y Saturno son una ventana a los procesos que moldearon el Sistema Solar. Entenderlos ayuda también a interpretar los miles de planetas gigantes detectados alrededor de otras estrellas.