A finales del siglo diecinueve, muchos físicos pensaban que sus teorías explicaban casi todo. Pero algunos fenómenos desafiaban las explicaciones clásicas, y uno de los más reveladores era el efecto fotoeléctrico: cuando la luz incide sobre ciertos metales, se emiten electrones. Resolver este enigma dio origen a la física cuántica.
Los experimentos mostraron resultados desconcertantes. La energía de los electrones emitidos no dependía de la intensidad de la luz, sino de su color, es decir, de su frecuencia. Por debajo de cierta frecuencia mínima, no salían electrones por muy intensa que fuera la luz. Y por encima de ella, los electrones salían casi de inmediato, sin retraso, incluso con luz débil.
Según la teoría ondulatoria de la luz, una onda más intensa debería transmitir más energía a los electrones, y una luz débil debería necesitar tiempo para acumular energía suficiente. Ninguna de estas predicciones coincidía con lo observado. La teoría clásica no podía explicar la existencia de una frecuencia umbral.
En 1900, Max Planck, intentando explicar la radiación de los cuerpos calientes, propuso que la energía se intercambia en paquetes discretos, proporcionales a la frecuencia. Lo consideró un recurso matemático, sin atribuirle un significado físico profundo. Fue el primer paso hacia la cuantización.
En 1905, Einstein fue más lejos: sugirió que la luz misma está compuesta de cuantos de energía, que más tarde se llamarían fotones. Cada fotón tiene una energía proporcional a su frecuencia. Un electrón absorbe un fotón completo, y solo si esa energía supera cierto valor mínimo, llamado función de trabajo, logra escapar del metal. El exceso se convierte en energía cinética.
Robert Millikan, que inicialmente dudaba de la idea, realizó mediciones muy cuidadosas durante años y terminó confirmando las predicciones de Einstein con gran precisión. Einstein recibió el premio Nobel de Física de 1921 precisamente por esta explicación, y no por la relatividad.
El efecto fotoeléctrico mostró el aspecto corpuscular de la luz, mientras que fenómenos como la interferencia revelan su carácter ondulatorio. Esta dualidad se convirtió en una de las ideas centrales de la mecánica cuántica y llevó a reconocer que lo mismo ocurre con la materia.
Las células solares fotovoltaicas funcionan con un principio relacionado, el efecto fotovoltaico, donde los fotones liberan electrones dentro de un semiconductor generando corriente. Los sensores de las cámaras digitales, los detectores de luz de las puertas automáticas y los fotomultiplicadores usados en medicina y astronomía también se basan en procesos de este tipo.
La relación entre la energía de un fotón y su frecuencia incluye la constante de Planck, que aparece en toda la mecánica cuántica. Su valor es extremadamente pequeño, por eso los efectos cuánticos pasan inadvertidos en la vida cotidiana. Desde 2019, esta constante se usa para definir el kilogramo en el Sistema Internacional de Unidades, reemplazando al cilindro de platino e iridio guardado en Francia. Es un buen ejemplo de cómo una idea nacida para explicar un experimento de laboratorio acabó sustentando la forma en que medimos el mundo.
Un fenómeno aparentemente menor, estudiado con paciencia, transformó la física. El efecto fotoeléctrico recuerda que los datos que no encajan en las teorías son, muchas veces, las puertas hacia grandes descubrimientos.